PALMERAS

 

Segunda edición editada en 2002, corregida y muy ampliada, con 100 géneros y 300 especies, unas 700 páginas y unas 700 ilustraciones.

 

Características, clima, suelo, uso en jardinería, cuidados y curiosidades.

 

 

 

PRIMERA PARTE

 

LAS PALMERAS EN GENERAL

 

 

El fascinante mundo de las palmeras

 

Después de treinta y siete años de apasionada dedicación a la jardinería, y tras haberme enamorado perdidamente de unas mil especies de plantas ornamentales de todo tipo -luego salgo a una media de un flechazo vegetal cada trece días-, tengo que proclamar a los cuatro vientos que mis plantas favoritas son las palmeras, lo cual no quiere decir -ni mucho menos- que todas las demás no me gusten también. Que quede claro desde un principio que formo pareja de hecho con mil plantas, y no solo con las trescientas de las que hablo en este libro.

 

Pero -¡ojo!- al decir las palmeras quiero decir las palmeras. Todas ellas, y no solo esas pocas especies que conoce y apenas distingue entre sí el público en general, e incluso quizás tú, amigo lector, si estás empezando a adentrarte en este universo tan rico, variado y subyugante.

 

También esas, las más comunes, son bonitas, desde luego; pero lo que de verdad fascina de esta familia botánica, mientras más se zambulle uno en ella, es la infinita variedad que ofrece: altísimas y enanas, delgadísimas y gruesas, con un solo tronco o con varios, con hojas como plumas o con hojas como abanicos, o enteras, o bífidas, con palmas verdes o amarillentas o azuladas o grises o plateadas o rojizas o cobrizas, a veces con floraciones muy llamativas o con frutos decorativos o coloristas, y que, además, pueden vivir al sol y a la sombra, en los desiertos y en las selvas húmedas, en los más ardientes trópicos y hasta en el Himalaya.

 

Y es que las hay para todos los gustos. Por eso resulta tan disparatado y tan poco riguroso el decir "A mí no me gustan las palmeras", cuando solo se conocen unas pocas -las más corrientes- de las dos mil y pico especies que existen, o de las docenas y docenas que pueden estar más o menos a nuestro alcance. Es como si un marciano aterrizase con su platillo volante en nuestro planeta, echase un vistazo alrededor, viese a dos o tres mujeres corrientitas que pasasen por allí en aquel momento, hablando de sus cosas, y proclamase: "A mí no me gustan las mujeres". Habría que aprender rápidamente aunque solo fueran tres palabras de su idioma para poder decirle a ese mentecato interplanetario: "Espérate y verás". Pues lo mismo digo.

 

Al lector que se sumerja en estas páginas con ilusión y curiosidad, le auguro tanto éxito y tanto placer como al marciano, siempre que uno y otro pasen y vean. Y es que estoy segurísimo de que el marciano acabará siendo un mujeriego empedernido y no regresará jamás a su planeta, y de que el lector quedará prendado del personalísimo hechizo de estas plantas, y recibirá grandes satisfacciones conforme su afición y su conocimiento vayan desarrollándose, pues son de las mejor diseñadas de todo el reino vegetal, se encuentran entre las que mejor lucen en los primeros planos (como las grandes actrices), y, además, siempre quedan muchas por descubrir y admirar.

 

 

Y de cómo mirarlas

 

Pero hay que aprender a mirarlas.

 

Primero hay que fijarse en su aspecto general, sobre todo en su silueta (frecuentemente esbelta, grácil y cautivadora, o bien majestuosa e imponente, o menuda y exquisita), para después ir prestando atención a los primerísimos planos de su tronco (que a menudo son auténticos cuadros abstractos la mar de fotogénicos), a sus vainas y peciolos (que pueden tener fibras sueltas, arpillera, espinas, escamillas y tomentos aterciopelados, y muy diversas tonalidades), a la tan armoniosa y límpida estructura de sus limbos, al pictórico entrecruzamiento a contraluz de los foliolos o segmentos de varios limbos que se interponen entre nosotros y el sol, y también a sus inflorescencias, flores y frutos, que en muchas especies añaden valor ornamental a la planta.

 

Cuando el lector se haya adentrado en el conocimiento de este fascinante grupo de plantas, y se haya familiarizado con ellas a través de las fotos o viéndolas al natural, coincidirá conmigo en que son de las más esbeltas, airosas, cimbreantes, decorativas, elegantes y estilizadas de todas las plantas ornamentales, y que, además, le dan a cualquier jardín, cualquier interior o cualquier playa un toque tropical inconfundible, una sugerencia irresistible de vacaciones, placer y ocio, un mágico atisbo del añorado, soñado, deseado paraíso terrenal.

 

A ello aludía muy bellamente el gran científico y viajero alemán Humboldt, cuando escribió lo que sigue:

 

"Aunque la maravillosa belleza de las palmeras ha sido tan frecuentemente comentada que la palabra `palmera' por sí misma sugiere ya algo exquisitamente bello, yo no había caído en la cuenta -al igual que les sucederá a cuantos no hayan visto las palmeras en sus ambientes tropicales nativos- de que su principal gloria y atractivo consiste en la fantástica variedad de su hermosura. Para la mayoría de los hombres occidentales que viven en sus casas, una palmera es una planta con un tallo erecto coronado por un penacho de hojas bastante bonitas, parecidas a las de los helechos; pero solo al encontrarse ante las palmeras silvestres de los trópicos se descubre la exquisitamente diversa belleza que estas plantas ofrecen en sus tallos y raíces, sus hojas y foliolos, sus inflorescencias y sus frutos, sus distintas partes y su todo".

 

Una afición creciente

 

Cada vez hay más aficionados y profesionales que comparten el interés y el entusiasmo por esta familia de plantas que Humboldt, un servidor de ustedes, y otros miles y miles de enamorados manifestamos. Y las mejores pruebas de ello son los muchísimos amantes de las palmeras que desde la primera edición de esta obra han ido surgiendo en España, los numerosos viveros que comercializan hoy bastantes más especies que hace unos años, las asociaciones de amigos de las palmeras que van naciendo tanto en nuestro país como en muchos otros, como hijuelos brotados de la ya cuarentona y prestigiadísima International Palm Society, y el aluvión de libros sobre la materia que se vienen publicando en todo el mundo, hasta el punto de que me atrevo a afirmar que nos hallamos ante una de las familias botánicas cuyo estudio se ha desarrollado más en la última década.

 

Otra manera -sencilla y esquemática- de medir ese veloz crecimiento de la afición a las palmeras en España consiste en comparar las aproximadamente veinticinco especies que se comercializaban hacia 1980 con las cincuenta y cinco que se cultivaban en 1991 -cuando salió la primera edición de este libro- y con las trescientas que aparecen en este, cantidad que equivale más o menos a las que puede reunir hoy día -en nuestro país- una buena colección, siempre que se disponga de terreno, tiempo, dinero y entusiasmo (y de un invernaderito si se cultivar algunas muy atractivas pero muy delicadas).

 

En algunas afortunadas y meritorias colecciones públicas o privadas se supera esa cifra redonda que me he fijado como tope al escribir este libro, para no seguir cebándolo eternamente.

 

Sobre todo en el Palmetum que se viene construyendo en Santa Cruz de Tenerife desde 1996, dentro de un gran proyecto urbano llamado Parque Marítimo César Manrique, gran artista canario que falleció cuando solo había dirigido las primeras fases. Esa moderna zona de la ciudad reunirá atractivos tan diversos como el auditorio y el recinto ferial diseñados por Santiago Calatrava, el parque marítimo propiamente dicho, el Castillo de San Juan... y el Palmetum, que, cuando lo recorrí en la primavera de 2000, tenía unas cuatrocientas especies ya plantadas. Cuando escribo estas líneas, estas interesantes e importantísimas obras atraviesan por una etapa de dificultades, y espero y deseo fervientemente que, cuando mis lectores estén recorriendo con la vista estos renglones, todo se haya resuelto favorablemente, y el sueño dorado de Manuel Caballero Ruano, que, acompañado por el experto en palmeras Carlo Morici y por el paisajista Carlos Simón, son los autores de lo que allí hay, se haya hecho realidad. Para dar una idea de esa importancia bastará con decir que este palmeto fue considerado en 1999 como la quinta colección pública del mundo, en un informe realizado por Ben Lyte, de Kew Gardens (Jardín Botánico de Londres), para la Botanic Gardens Conservation International.

 

Más modestamente, con mucha menos superficie y mucho menos dinero, pero con la misma ilusión, el autor de este libro está creando en el Jardín Botánico-Histórico La Concepción de Málaga, del Patronato Botánico Municipal, organismo autónomo del Ayuntamiento de la capital de la Costa el Sol, un Mapamundi de Palmeras que no aspira a batir récords sino, simplemente, a mostrar la variedad y la belleza que venimos recalcando.

 

Además, son muy útiles

 

Esa predilección -mía y de muchos- por estas plantas se refiere solamente a su indiscutible atractivo físico, a su destacado valor ornamental; pero las palmeras, además de ser tan bonitas, resultan utilísimas para el hombre, pues lo que para nosotros es un mero objeto de adorno, para muchos millones de habitantes de los trópicos es el alimento y la casa, la barca y la techumbre, la cesta y el sombrero, la ropa y el bastón, la cuerda, la madera, el mueble, la fibra y el papel, el aceite y el azúcar, el vino y el licor, el pienso del ganado, la rafia, la miel, el lugar donde colgar la hamaca, la cera, el fruto seco, el almidón, el marfil vegetal, el impermeable y la cerbatana, el arco y las flechas, el tinte, la sombra, el esbelto faro de las islas perdidas, la bebida refrescante... y casi todo lo demás.

 

Efectivamente, las Arecáceas (Arecaceae o Palmae) merecen quizás ser consideradas como la familia botánica más útil para la Humanidad, rivalizando con las Gramíneas. No en vano el padre de la Botánica moderna, Carlos Linneo, les dedicó una frase que le resultará muy chocante al lector que ande un poco despistado en cuanto a esa importancia que las palmeras tienen, y más aún tuvieron, para los habitantes del Planeta Tierra: "El hombre habita en los trópicos y se alimenta del fruto de la palmera. Además, sobrevive en otras partes del mundo, habiéndose adaptado a comer carne y cereales".

 

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