Premio de la Feria del Libro de Málaga 2002 a Cañizo

 

El Premio de la FERIA DEL LIBRO DE MALAGA 2002 fue otorgado por su Comisión Organizadora a José Antonio del Cañizo, por su labor en pro de los libros y la lectura.

La Directora del Pacto Andaluz por el Libro (PAPEL), María Luisa Torán, adornó el acto de entrega del premio con las siguientes poéticas palabras.

 

 

Volvemos a tener una cita en el Parque con los libros. Decir Feria del Libro de Málaga es evocar palabras hermosas, palabras como árboles, flores, jardines y... libros.

 

Un entorno natural propicio que en esta ocasión tiene una significación especial añadida cuando se trata de presentar a José Antonio del Cañizo, una persona sobradamente conocida por todos por sus obras y sus palabras. Autores y estudiosos han glosado su polifacética vida y esta presentadora que no tiene más mérito ni tarea que la de transmitirle el testigo del reconocimiento del que hoy es objeto, no pretende decir algo nuevo que supere lo que ya otros han declarado magistralmente sobre su persona, su vida y su obra. Por eso, permítanme que les cuente una historia sin pretensiones literarias, una historia contada desde la admiración y el agradecimiento.

 

Cuenta la leyenda que en una ciudad luminosa del levante mediterráneo creció un niño al que le gustaban los cuentos. Su padre, ingeniero agrónomo, hombre cultivado y de amplios conocimientos sentía un inmenso amor por la literatura y en su casa tenía una gran biblioteca con más de 8.000 libros.

 

Este niño creció rodeado de ellos y los leía, curioso, en su afán de acercarse al conocimiento que su padre tenía sobre los árboles. Muy pronto supo de las variedades que poblaban el mundo, de las enfermedades que los aquejaban y de las especies raras de plantas que vivían en países lejanos. Y empezó a leer todo lo que podía para conocer más y más sobre esos países que él envolvía en un halo de misterio y exotismo.

 

Así descubrió a Stevenson, el escritor de las tierras vírgenes, Tousitala el narrador de historias, como le llamaban los nativos del Pacífico. ¡¡¡Tousitala, Tousitala¡¡¡, palabra mágica que despertaba su imaginación y lo transportaba a lejanos mundos insólitos.

 

En este ambiente, el niño se hizo mayor y para entonces ya se había fabricado un mundo imaginario propio, poblado de bosques de mil especies diferentes, y cuando soplaba el viento entre sus ramas descubrió que los árboles sabían interpretar música y soñaba con que algún día él podría construir jardines colgantes como los de Babilonia.

 

Así, un día decidió que sería como su padre, ingeniero agrónomo. Con el paso del tiempo se hizo un experto en árboles y pasaba horas en los jardines de su ciudad, estudiando, describiendo y clasificando todas las variedades de plantas que los poblaban, los plátanos de sombra, los ficus centenarios, las acacias verdaderas porque descubrió que también las había falsas, el árbol del amor, las tipuanas, el árbol del paraíso y sobre todo... las palmeras.

 

Pensaba que el mundo de los árboles encerraba tantos misterios de la naturaleza que un día decidió contar todo lo que sabía sobre ellos y se puso a escribir libros y fue tan conocido que sus libros eran utilizados por estudiantes, diseñadores de jardines, paisajistas, ingenieros y por todas las personas que amaban las plantas.

 

Cuando sus hijos, al caer la noche, le pedían que les contara un cuento, él se inventaba historias muy divertidas y los niños se adentraban en un mundo pintado exclusivamente para ellos. Así, “inventando el mundo”, José Antonio, que así se llamaba el personaje de nuestra historia, visitó el país de “Los Jíbaros”, fue “A la busca de Marte el Guerrero”, hizo “Oposiciones a Bruja”, conversó con “El maestro y el robot” y llegó a tener “Un león hasta en la sopa”. De tantas historias que tenía por contar, a veces terminaba “Con la cabeza a pájaros” hasta que se iba “Con la música a otra parte”.

 

Entretanto, no dejaba de escribir y publicar, y pronto comenzó a ganar premios. Sus historias para niños eran tan divertidas y disparatadas que fue traducido a muchos idiomas, incluso al turco, y fue tan conocido por niños y mayores que sus libros aparecían en las más prestigiosas guías internacionales de clásicos de la literatura. Hasta lo nombraron académico, y tuvo muchos reconocimientos más allá de las fronteras de su país.

 

Pero a José Antonio le encantaba estar cerca de los niños y de las niñas y seguir contando las historias que un día les contaba a sus hijos. Por eso, visitaba colegios y bibliotecas y les hablaba de su vida, de cómo escribía los libros, de sus lecturas cuando era un niño como ellos, y así, sin quererlo, iba sembrando nuevas semillas, como si fueran también arbolitos que un día llegarían a lucir una copa de hojas frondosas y brillantes a cuya sombra nacerían nuevas historias.

 

Y es por eso que los niños y mayores de hoy lo conocen, lo admiran y lo quieren. Hoy, José Antonio se sigue maravillando de la hermosura de la naturaleza cuando desde la atalaya del jardín botánico más bello de Europa, contempla cómo las glicinias florecen esplendorosas bajo su balcón inundando el aire.

 

Y aunque dicen que todas las historias han de tener un final, ésta que les cuento no puede tenerlo porque José Antonio aún ha de seguir pintando recuerdos bajo los árboles del Parque, haciéndonos sentir que, en algún momento, todos hemos vivido contigo “Una vida de película”.

 

Gracias, José Antonio.

 

Con admiración y afecto.

MARÍA LUISA TORÁN

 

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