Latín: Eucalyptus camaldulensis
Familia: Mirtáceas
Origen: Australia
Decíamos ayer que los eucaliptos han sido la salvación de países atacados por la desertización o por la malaria, y la maldición de regiones -españolas por ejemplo- en las que se han plantado en masa, destruyendo previamente bosques autóctonos o hermosos paisajes tradicionales. Con los que les odian por estas razones, y porque sus raíces son tremendamente agresivas, estoy de acuerdo; pero no puedo estarlo con los que les tienen tirria porque no son autóctonos. Ese racismo me pone negro. Es como esas curiosas polémicas que se arman diciendo no a las palmeras y sí a los naranjos, alegando que las primeras son exóticas y los segundos son autóctonos, cuando la verdad es que unas y otros son extranjeros en nuestra patria; pero las palmeras llegaron primero. Los naranjos amargos llegaron en el siglo X y los dulces hacia el siglo XV, y las palmeras datileras las introdujeron los invasores mahometanos en el siglo VIII; pero algunos expertos aseguran que también las habían traído los fenicios siglos antes, y lo dicen basándose en monedas acuñadas con dibujos de palmeras. Resulta divertido ver cómo personas que disfrutan consumiendo café, chocolate, tabaco, whisky, patatas, tomates, plátanos, chirimoyas, aguacates, algodón, medicinas alemanas, películas americanas, tejidos ingleses, zapatos italianos y aparatos japoneses, se transforman en unos auténticos Le Pencitos cuando se trata de los árboles, que, precisamente, no tienen la culpa de nada.
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