Dulces almendras

 

 

CURIOSIDADES Y REMEDIOS

Lámina antigua sobre el almendro

Latín: Prunus dulcis = Amygdalus communis.

Familia: Rosáceas.

Origen: Parte de Asia y Norte de África.

El sábado pasado ofrecí pistas para ver almendros bonitos, y transcribí unos curiosos consejos sobre cómo abonarlos, tomados del importante `Libro de Agricultura' publicado hacia el año 1200 por el agrónomo árabigo-andaluz Abú Zacaría. Y para hoy he espigado algunos encantadores párrafos en la `Obra de Agricultura' de Gabriel Alonso de Herrera, que en el 1513 hizo que su autor fuese considerado como “el hombre designado por la Providencia para restaurar la agricultura” en la época de los Reyes Católicos, y sentó las bases de nuestra agricultura moderna.

Decía don Gabriel que las almendras “confortan mucho la vista, alimpian el pecho (…), y son muy buenas comidas en principio de toda vianda; pero si las comen verdes con sus cáscaras traen un dolor y pesadumbre de cabeza”. Y añadía que el aceite de almendras “Echándolo en las orejas quita la sordedad en principio della, mata los gusanos en las orejas y quita el zumbido dellas, y más el de las amargas.”

Con su precioso castellano, anterior en un siglo al Quijote, informaba de que “Son muy buenos los almendrales para do hay colmenares, porque florecen presto y con ser tempranos acorren a la hambre de las abejas, que labran muy mucho en ellos; y la miel de aquella flor es muy singular”.

El párrafo que más me gusta, y que demuestra que era hombre prudente, es el que sigue: “… dice Alberto Magno, según refiere el Crecentino, que si en el tronco del almendro se hacen unos agujeritos con una barrena muy delgada, y en ellos les lanzan unas púas de oro, que darán más fructo y mejor; mas quien esto hiciere, o sea secreto, o póngales buena guarda, que no se las hurten, y le amarguen las almendras”.

Aquellos entrañables científicos, tan escasamente dotados de laboratorios e internets, se guiaban por sus acumuladas observaciones y experimentos, y por la rica herencia de los precedentes sabios, sobre todo del griego Dioscórides, médico de los ejércitos del Imperio Romano durante el siglo I, y autor de la magna obra titulada `De materia médica' (el libro más largamente consultado en occidente después de la Biblia), en la que revela que “cinco o seis almendras amargas comidas antes del pasto impiden la embriaguez”.

Pero su traductor al español, Andrés Laguna, médico de Carlos V, de Felipe II y del Papa Julio III, ya advertía que de comer almendras amargas mueren las raposas, los gatos y las lombrices del vientre, y especialistas actuales dicen que la amigdalina (sustancia que les da su característico sabor) puede descomponerse liberando ácido cianhídrico, y que un atracón de almendras amargas puede resultar mortal, así que si alguien ha acogido con entusiasmo la revelación de Dioscórides, ya sabe que lo mejor es no pasarse con ellas, ni tampoco con el vino.

 

 

 

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