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En cierta ocasión, hace años, formé parte de un jurado que había de otorgar tres premios de narrativa breve. Por unanimidad, elegimos tres cuentos de diversa intención, pero que tenían en común un ingenio y una técnica irreprochables. Abrimos las plicas, y los tres resultaron ser de José Antonio del Cañizo. Se puede, por lo visto, ser ingeniero agrónomo y saber tanto de palabras como de flores; y ayudar a crecer, al mismo tiempo, las fábulas y los árboles. Gracias a José Antonio del Cañizo hemos intimado con la Málaga vegetal, o sea con lo mejor de Málaga. Tengo para mí que en esta desgarrada ciudad nuestra todo lo bueno lo hizo Dios, y casi siempre la colaboración de los hombres no logró sino estropear la obra divina. Quepan en ese casi los jardines. No todos los malagueños pisamos como dicen que pisaba el caballo de Atila. Hubo antepasados nuestros que usaron sus naves mercantiles para importar las más raras especies de plantas, con el solo afán de decorar este suelo. Las hemos estado viendo en los jardines, tal si fueran tan naturales como el romero o la jara. Y ha sido este ingeniero-escritor quien nos ha desvelado sus nombres, sus orígenes, sus leyendas y las bellezas sutiles que suelen esquivar los ojos del observador apresurado: "el perfil de la azucena" o "las venas de los lirios", de cuya perfección se maravillaba el poeta antequerano Pedro Espinosa. El libro Jardines de Málaga es un libro de horas para el paseante solitario; un breviario de pétalos y cálices; una deliciosa guía con la que adentrarnos en ese mundo intermedio entre nuestra racional animalidad y la tierra que nos espera.
¿Cómo distinguiría yo, sin José Antonio del Cañizo, la Araucaria excelsa de la bidwillii; la Chorisia insignis de la speciosa? ¿Cómo distinguiría, y querría en Málaga, la araucaria de Norfolk, el yuchán o el samohú (que llama samuhú la Academia Española)? Con José Antonio del Cañizo, con su libro Jardines de Málaga, he plantado y transplantado la Gazania splendens, de un naranja tibio, y la pavonia, metálicamente gualda. Y al pasar y repasar Jardines de Málaga, con las fotografías de Francis decididas y encargadas por el autor del libro, y al detenerme en el reloj sin agujas del Retiro de Fray Alonso, José Antonio me ha revelado súbitamente el gran secreto: Que la hermosura -hasta en el esparcirse de los nervios en la hoja más desapercibida- carece de tiempo. Y que esa intemporalidad es la que nos seduce a su belleza perpetua.
Jardines de Málaga, el libro de José Antonio del Cañizo, vuelve una y otra vez a las manos de quienes no podemos cansarnos de su texto y de sus fotos; vuelve ese libro escrito con conocimiento y apasionamiento.
Cañizo no sólo es un doctor ingeniero agrónomo, especialista en jardines y palmeras, vocacionalmente dedicado a las plantas ornamentales, con muchas horas de vuelo en la proyección y realización de jardines, con muchas horas de estudio en los libros que de una forma o de otra hacen referencia a los vegetales ornamentales; y, lo que es más importante, con muchas horas de pasearse, de ver, de medir, de tocar, de recrearse en los jardines malagueños. ¡Además, y para colmo, Cañizo sabe escribir, manteniendo un difícil equilibrio entre la ciencia y la literatura! A través de las páginas de su libro Jardines de Málaga dialoga con el lector, le penetra y le conciencia sobre las maravillas que no debe dejar de contemplar.
Este libro -bueno desde el principio al fin- nos da la oportunidad de conocer ese verdadero museo viviente que son los jardines malagueños, junto a los cuales muchas veces pasamos sin conceder apenas importancia a cuanto vemos, a cuanto atesoran... Por si lo dicho fuera poco, Jardines de Málaga, con la ágil pluma del doctor del Cañizo, nos ofrece un recorrido literario comodísimo en virtud de un estilo literario, de una narrativa impecable, no exenta de ritmo periodístico. Un libro, vamos, como para tenerlo en casa y disfrutarlo.
Ameno, necesario, útil, tal vez imprescindible libro. (...) Cañizo, por su condición de técnico -y al más alto nivel-, conoce las flores, las plantas, los árboles, desde el plano científico máximo. (...) Y aquí viene el mérito enorme -valedero para acreditar una distinción permanente- de José Antonio del Cañizo: que ha sabido poner su afición, sus conocimientos, sus paseos, sus anotaciones y su pluma galana al servicio de Málaga, para decirnos a los propios malagueños dónde está una de las realidades de Málaga de las que de verdad podemos presumir.
Si "Dios también está en los pucheros" al decir de Santa Teresa, la literatura también anda entre los temas agronómicos y, con mayores probabilidades se introduce en las obras de jardinería. Para muestra basta un botón y, para convencerse de lo anterior, basta con el deleite que ofrece la lectura de un gran libro técnico, Jardines de Málaga , escrito por un conocido autor, José Antonio del Cañizo, en el que no se sabe qué admirar más: la presentación, las fotografías, la sencilla terminología técnica que enseña, el gracejo y el lirismo de los textos, el oportunismo de las citas o, en lo que el autor es maestro, la perfecta exposición que ayuda a leer y a aprender con prontitud y sin esfuerzo.
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